—[una serie en la suburbe madrileña]—Crónicas (deportivas) de Mospintoles

Diálogos (y 8)

(Lee la entrega anterior)

UNA PAREJA MUY UNIDA

Pedro Carretero (nombre ficticio de nuestro personajillo de hoy, por razones obvias) es un ciudadano de Mospintoles, un currante que se pasa la vida llenándose a diario las manos y el cuerpo de yeso, arena y polvo pues es albañil de oficio y de los buenos. Como presupuesta unos precios muy ajustados (eso sí, sin IVA y sin declarar nada a Hacienda) se lo rifan los que necesitan hacer en casa esas chapuzas tan habituales como arreglar la cocina o el cuarto de baño, tirar un tabique o poner los techos de escayola… Su lista de espera es mayor que la de un cirujano de alto copete.

El bueno de Pedro no se distingue precisamente por su nivel o formación intelectual, más bien está peleado con todo lo que huela a cultura, pero no le preocupa lo más mínimo porque cada mes se lleva a casa más pasta que muchos titulados universitarios, sean catedráticos, médicos o abogados y porque su mayor hobby, el fútbol, le da vidilla todos los días una vez que sale del trabajo. Tiene tres hijos y una santa esposa diez años más joven que él, a la que conoció un día de partido en el Vicente Calderón. Desde entonces forman una pareja muy unida no sólo por el matrimonio y los hijos sino también por el fútbol, la devoción de ambos. Hoy es sábado y desayunan juntos antes de separarse, los críos por un lado, los padres por otro. Mientras la mamá acaba de preparar los colacaos y la bollería, Pedro está a disposición de los críos, a los que suele ver poco durante la semana por culpa de los malditos horarios y de sus visitas a la peña atlética que preside.

» —Tú lo que tienes que hacer es intentar destacar en el fútbol. Es ahí dónde se gana pasta de la buena. Mira tú al Guardiola: diez millones de euros al año. Y sin que le peguen patadas en el campo…
—¿Y eso cuánto dinero es?
—Uf… yo creo que tendría que estar trabajando unos 30 años para ganar lo que Pep en uno. Y yo me gano la vida muy bien, hijo…

—Papi, necesito comprar dos libros…
—¡Coño, y para qué!
—Para qué va a ser, papi, para leerlos. Me los ha pedido la señorita Pilar, la de lengua y literatura.
—Esa señorita no hace más que pedir y pedir. Además, ¿no hay libros y biblioteca en el instituto?… Cógelos de ahí…
—Es que necesito unos libros especiales de matemáticas y lengua. Dice que ando algo retrasada en razonamiento lógico y en competencia gramatical.
—Vaya palabrejas, dios mío… Y luego dicen que yo digo tacos y que soy un mal hablado… Mira, hija, con esas chorradas no vas a ir a ninguna parte. Tú apégate a la mamá para ir aprendiendo a cocinar. Eso es lo más importante. Me gustaría que de mayor fueras una gran cocinera. ¡Ganan mucho dinero!
—Yo quiero ser peluquera.
—Pues a mí no me tomas el pelo, cariño. Dile de mi parte a tu señorita que estoy atravesando un mal momento y que no puedo comprar esos libros. Que te preste unos del instituto.
—Eso es una mentira, papá.
—A veces es necesario mentir, Rosita.
—A veces es necesario decir la verdad…
—Mira quien llega…
—Hola, papá…
—Qué tal, Javi… ¿Has dormido bien? —El padre le da dos sonoros besos a su chiquirritín, como así le llama, aunque ya ha cumplido los nueve años—. ¿Cómo ha ido el fútbol esta semana?
—No me gusta jugar al fútbol, papá. Es un deporte de chupones. En el recreo nunca me ceden la pelota. Hay dos o tres que cuando la agarran, pasan de los demás. Sólo estamos para hacer bulto.
—Pues pegadles dos hostias, hombre. Tú lo que necesitas es demostrar tu hombría, tu valentía. ¡Dos tortas bien dadas!
—Son más altos y fuertes que yo, papá…
—Búscate aliados. Verás como los chupones cambian de actitud cuando les deis un par de sopapos.
—Mi maestro dice que el fútbol es un deporte de burros…
—El burro es él, mira qué cosas enseña a los niños…
—Es que en los recreos casi siempre hay pelea en el patio y el profe se enfada y dice que nos va a quitar la pelota si no sabemos jugar civilizadamente.
—Como lo haga, lo denuncio…
—Mi amigo Mario le dijo el otro día que los jugadores de la Liga también se pelean y que pese a eso ganan mucho dinero y la gente les pide autógrafos y la policía no los detiene.
—¿Y qué dijo a eso el burro de tu profe?
—Habló no sé qué de pan y circo. Ninguno entendimos lo que quiso decir con aquello. Dijo que le preguntásemos a la seño de Cono sobre cómo se divertían los romanos.
—Una vez hablé con él y tampoco yo le entendí nada. Yo no sé para qué ponen maestros que no saben explicarse bien. Tú lo que tienes que hacer es intentar destacar en el fútbol. Es ahí dónde se gana pasta de la buena. Mira tú al Guardiola: diez millones de euros al año. Y sin que le peguen patadas en el campo…
—¿Y eso cuánto dinero es?
—Uf… yo creo que tendría que estar trabajando unos 30 años para ganar lo que Pep en uno. Y yo me gano la vida muy bien, hijo… Así que el curso que viene, que ya serás un poco más grande, te voy a matricular en la escuela de fútbol del Rayo y empiezas a ver lo que es el fútbol de verdad, no esos partiduchos del recreo. ¡El fútbol es vida, chaval!
—Pues mi profe dice que es una burrez…
—Pobre ignorante. Debe ser un amargado…
—Pero es que… además… a mí lo que está empezando a gustarme es el baloncesto…
—¿El baloncesto? ¡Mariconadas, hombre!
—Pero si lo juegan unos negracos que miden casi tres metros…
—¿Y tú te vas a fiar de los negros? Anda, anda… llama al Javi y al Jose y os bajáis al patio a jugar un rato al fútbol. Probaremos con el fútbol y si la cosa falla aprenderás el oficio conmigo para seguir así la tradición. Y ahora déjame un ratillo con Carmencita, anda…

Carmencita es su preferida. Por pequeña y despierta. Con sus cinco añitos es la muñeca de la casa.
—¿Crees que tu hermano será un gran futbolista?
—¡Pues claro!
—Lo que no puede ser es baloncestista… ¿Tú lo ves tirando a canasta, con lo pequeño que es?
—¡Pues claro que no! Javi no es negro y los negros son los que juegan mejor al baloncesto…
—¡Tú sí que vales, nena! A ver, ¿qué quieres ser de mayor?
—Como tú…
—¿Albañil? ¡No me jodas!
—Albañila, se dice albañila…
—¿Pero quién te ha enseñao eso?
—La seño…
—No me acuerdo cómo se llama…
—Ni yo tampoco.
—Se dice albañil.
—No, se dice albañila. Las mujeres son albañilas. Lo dice mi seño…
—¡Dios mío, en qué manos está la educación de este país! En cuanto pases a Primaria te matriculo en el colegio de las hermanas de la Caridad. Son unas estrechas reprimidas pero al menos no pierden el tiempo con tonterías.
—No entiendo, papá… ¿Por qué son estrechas?
—Déjalo, niña, déjalo.
—¡Que quiero saberlo!
—Eres pequeña para entenderlo… Y dile a tu señorita que se dice «albañil» y que si quiere saber lo que es eso yo le puedo dar un pico y una pala para que se entere de verdad. Si es que ya cualquiera es maestro…
—Maestra, papá.
—Anda, anda… que con lo chica que eres tienes más leyes que Zapatero y Rajoy juntos. Mira, ya viene mamá con el desayuno…

En cuanto Lucía, que así se llama la mujer de Pedro, pone los platos y vasos en la mesa, la chiquillería se abalanza sobre ellos como si no hubieran comido en una semana.
—¡Qué felices que son, Luci! ¿Tú crees que somos buenos padres con ellos?
—Tú paras poco en casa así que te conocen menos que al butanero…
—Muy bonito…
—Es una broma, hombre. Tu trabajo es muy exigente y haces lo que puedes. Por eso quedamos que yo no trabajaría fuera de casa, para así estar con ellos el mayor tiempo posible, al menos hasta que se hagan grandes.
—Y a cambio quedamos que el fin de semana era nuestro, para disfrutar un poco de la vida que no todo va a ser trabajar y trabajar.
—Así es, cariño. Bueno, y algún que otro día entre semana.
—¡Hombre, siempre que el Atlético nos necesite! Este año ganamos la Europa Ligue. ¡Seguro! Ya tengo reservado el hotel en Bucarest…
—Pero todavía hay que pasar las semifinales…
—Mujer de poca fe… soy yo más atlético que tú…
—No digas tonterías… sólo que yo soy más realista y ya sabes que el fútbol, en eliminatorias a dos partidos, da muchas sorpresas.
—Que no, Luci, que vamos a llegar a la final los dos atléticos, el nuestro y el de Bilbao. Que está cantao, vamos…
—Son las diez y cuarto y todavía no han llegado mis padres a por los niños. A veces pienso que estamos abusando de ellos y de los tuyos dejándoselos todos los fines de semana y los miércoles de partido.
—Ellos lo hacen con gusto, mujer. Así no se aburren… y, además, ya me encargo yo de recompensarles con un buen dinerito que les viene de perlas para sus caprichos y sus cortas pensiones.
—¿Tú crees?
—Pues claro…

En ese momento suena el timbre.
—Ya están aquí…
—Niños, ya están aquí los abuelos…
—¡Bieeeennnn!
—La mamá y yo os recogeremos el domingo por la noche. Que seáis buenecitos, eh…
—¡Y que gane el Atlético, papá!
—Gracias hija, gracias…