—[una serie en la suburbe madrileña]—Crónicas (deportivas) de Mospintoles

Gestiones al volante (y 3)

(Lee la entrega anterior)

~Núñez, a mediodía habré de desplazarme al Ayuntamiento. Y no quiero hacerlo en mi vehículo particular. Por favor, ocúpese de tener dispuesto un taxi con la antelación suficiente como para llegar allí con puntualidad.

~¿Algún modelo en especial, señor López?

Eficaz…

~No había pensado en ello… Uno que me vaya bien… que sea espacioso. Y avise de que el conductor habrá de esperar lo que sea preciso para regresarnos a nuestras oficinas.

~Muy bien, señor López. ¿Alguna cosa más?

» A López le irritaba la gente que llevaba una vida desordenada.

Eficiente…

~Sí. ¿Tiene a mano el número de teléfono personal de Evaristo, de Radio Mospintoles?

~Sí señor. ¿Quiere el número o desea que le comunique con él desde aquí?

Efectivo…

~Póngame directamente en contacto con él, si hace el favor.

~Muy bien, señor. Le redirijo la llamada.

López oyó la marcación de las nueve cifras y esperó a que se oyeran los tonos de llamada. Al cabo de siete u ocho tonos alguien desconectó el auricular al otro lado de la línea.

~¿¡Quién cojones llama a esta puta hora!?

~Buenos días, Evaristo. Soy López.

Se oyó un angustioso silencio que venía del otro lado del comunicador.

~Disculpe señor López. Ayer me eché muy tarde… Cosas del trabajo… Ya sabe.

~¿Está usted ya en plenas facultades o prefiere que le llame más adelante?

A López le irritaba la gente que llevaba una vida desordenada. El trabajo al que se refería Evaristo seguramente fue beber whisky en el bar con otros tres amigos resolviendo problemas del fútbol de primera división que ni les atañían, ni les competían, y para los que se mostrarían incapaces en caso de que alguien confiara en ellos.

~No, no. Dígame qué quiere, señor López.

~Tenemos a alguien en la emisora que se mueve en los medios de comunicación escritos y sabrá resolverme unas dudas…

López evitó deliberadamente entonar como una pregunta, por lo que su frase sonó más como una aseveración que Evaristo no pudo por más que confirmar. Le gustaba aparentar que conocía los entresijos de lo que controlaba.

~Aquella chiquita… una becaria que sigue con nosotros. Hace colaboraciones puntuales en El Heraldo. Algo conocerá de la prensa escrita. ¿Pero si puedo servirle yo…?

~Si hubiera creído que usted me serviría no le hubiera preguntado si tenemos otra persona, ¿no cree?

~Supongo que sí…

~Envíemela a las diez treinta a mis oficinas. Deseo averiguar algunas cuestiones.

~Veré si puedo localizarla, señor López.

~Y otra cosa, Evaristo. Quien quiera que esté al otro lado del hilo telefónico no tiene culpa de sus malos humores. Procure comenzar el día con algo más de vitalidad, ¡hombre!

~Sí… Sí señor. Lo procuraré.